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jueves, 15 de mayo de 2025

Crónica de un partido de rugby que nunca existió. En un lugar de La Mancha.


Queridas aficionadas y queridos aficionados al deporte apepinado: he de confesaros que, a pesar de los viajes, las lecturas y los estudios, a pesar de haber vivido en distintas ciudades y países y a pesar de tener una familia globalizada con gente de tres continentes, crecí siendo un chico de pueblo. De barrio de pueblo. De barrio obrero de pueblo industrial. De pequeña ciudad castellana y manchega, y ahora que ya voy para mayor, he acabado por hacer cosas de viejo de pueblo. 


Respeto a los cosmopolitas, políglotas y excelentes. Leo y me ilustro con el ejemplo de los grandes, pero las personas que más he admirado en la vida son mis abuelos y abuelas, gentes sencillas apenas capaces de leer y escribir ‘despacico y buena letra’ como dice el decir. Españolitos anónimos de lentejas y habichuelas, cocido los sábados y croquetas para el domingo. Gente de la que madruga, que diría el Ínclito. 


Y, pues, ustedes verán, al llegar el domingo los de pueblo nos levantamos dos horas antes que en la capital, porque vamos a horario solar; ni GMT +2 ni hostias. 


Si ya pueden verse las uvas, ya se puede vendimiar. Los viejos de mi tierra nos hacemos el lavado del gato y nos vamos al bar, porque el bar es la anarquía y la utopía, tan querida a los varones iberos, de un mundo sin dios ni amo donde no manda patrón ni esposa ni suegra ni médico de cabecera y todo se tira al suelo. Se opina y se berrea, se porfía y se odia. Se conspira y se escupe por un colmillo. Se profieren dicterios contra el gobierno, se aboga por la vuelta de Paco, se cuelga de los pulgares al Coletas… Todo es paz y es armonía.


A las siete de la mañana ya está abierto el Restaurante La Mancha. Comida tradicional manchega desde los años 70. Tiene una situación privilegiada para los deportistas, cercana al polideportivo, en una avenida diseñada y planificada como hacemos aquí las cosas en la Carpetovetonia Ultramontana: de forma que quepan al mismo tiempo el séquito de la Reina Madre, el cuadro de baile de Taylor Swift y una tractorada. Vamos: que se pueden aparcar dos autobuses. Literalmente. Así que es costumbre que los equipos deportivos que visitan la ciudad aparquen justo en frente, dejando caer una riada de chavales y chavalas de colorido uniforme.


Los colegiales se agolpan frente a la barra pidiendo medios bocadillos, y se juntan con los ciclistas de la tercera edad, sanchopanzas de la bici, de piernas poderosas y vientre elefantiásico, con los jockeys de galgos, todos portadores de Barbour falso y pulserita de España, los baloncestistas, tan largos como un trinquete, los que crían palomas, émulos de Don Pantuflo Zapatilla.


El domingo en La Mancha parece la villa olímpica y es entonces cuando los viejos bacines nos hacemos la guía del ocio. ¿Hay maratón? Allá que vamos. ¿Tiro a pichón? ¿Por qué no? ¿Tiro al alcalde? ¡Pues venga! Siempre que sea gratis… Y mira: ahí están los del rugby.


Los del rugby no tienen autobús. No tienen chándal uniformado y se les conoce por cómo se abrazan. Vienen de todos los pueblos de esta tierra media y, como los hobbits, desayunan dos veces. Se echaron en casa alguna magdalenilla y ahora van por el Completo, el bocadillo de la casa que tiene de todo: grasa animal y vegetal saturada e insaturada, queso, tortilla, magreta, a saber. 


Una avanzadilla de entre ellos se destaca hacia el campo para revisar las líneas y montar el kit de transformar porterías de fútbol en haches de rugby. La cosa no queda del todo bien y a estas alturas tres ingleses del Somerset ya se han tirado por la ventana, pero es lo que hay. Bastante contento esta el equipo con que el ayuntamiento ceda el campo. Y agradecidísimo al trabajador del Instituto Municipal de Deportes que ha puesto todo su amor en aprender a hacer la cincuenta, la diez y la veintidós. 


Van llegando las novias, esposas, familiares y acompañantes, y también el equipo femenino, que hoy no juega pero siempre apoya. Los retoños montan corros en el campo y se pasan el oval.


Falta más de una hora para el partido pero los del rugby ya están ahí precalentando. Se juega como se entrena, dice el entrenador. Adelante, pues, un Farley. Dos muchachos de azabache, que corren como gacelas, se destacan sobre el grupo: son los alas. Los pilieres y los flankers no se dan tanto brío. Los más veteranos echan el bofe, se pide cardio, ‘¡Coño, más cardio!’, ‘menos burpees y más cardio’. Los forwards forman junto al in goal. Los backs se juntan con el entrenador de tres cuartos. Cada batallón con su alférez.


¿Y dónde están los visitantes? Pues mire usted, no han llegado. En la grada corren las pipas, la cerveza y el tintorro. Se piropea a los guapos se ningunea a los feos, se anima a los más torpes, castigados a flexiones por dejar caer el balón. ¡Vamos Jesu! ¡Ese Pepe! ¡Ánimo chicos! ¡Hoy sí que sí! 


Llega el árbitro y pide un lineman por cada equipo. ‘Nosotros tenemos uno, pero es que el rival todavía no ha llegado’, respinde el capitán. Bueno, pues dadle el banderín al local y que vaya calentando.


Banderines no hay ni uno, pero alguien tiene en el coche un banderín de España de una vez que por ahí anduvo aplaudiendo alguna reina, o alguna infanta; ya no se acuerda. Es igual, banderita para el lineman. Y el público socarrón, manchego, iconoclasta, le pude que la levante y prorrumpe en vivas a España. ‘¡El orgullo del tercer mundo!’, dice un cachondo en la grada.


Y el rival, pues que no viene. Así. Como lo oyes. Que no van a venir. Que se jodió el partido.


Suenan juramentos en polaco y arameo. Los niños lloran. Las madres les suenan los mocos. Alguien dice que mejor cambiar de liga, que en esta pasa lo que pasa. El capitán manda callar y pide formar el círculo. Los 23 convocados se abrazan sobre la cincuenta. Habla el capitán. Todos escuchan: ‘Esto es lo que hay, chavales. Ya nos la han vuelto a hacer estos tíos, pero el tercer tiempo ya está apalabrado y no lo vamos a perdonar’.


NOTA FINAL: Agradezco al lector la paciencia y el temple de haber llegado hasta aquí, compartiendo la frustración que yo tengo por un partido que no se disputó. Este artículo va dedicado a ti, lectora, lector, probablemente rugbista, hombre o mujer curtido en el barro y en la cal, que conoces bien estas frustraciones e ingratitudes del rugby de verdad, el de tu pueblo o tu barrio. Y también va dedicado a Pepe Malatesta, que compró su billete de Renfe desde Albacete a Alcázar para venir a verme jugar un partido que nunca existió con un equipo de cuyo nombre no quiero acordarme.


martes, 13 de mayo de 2025

Gente ovalada: Fuencarral Rugby, el penúltimo vuelo del Fénix.

A finales de los ochenta y principios de los noventa, los equipos de rugby seguían siendo como los Village People: un policía, un obrero, un indio, un vaquero, un motero… Los cuerpos eran cuerpos de gente trabajadora. Los había grandes y gordos, por supuesto, y pequeños, y flacuchos… de toda laya y pelaje. Lo de machacarse en el gimnasio no era la tónica dominante. El rugby seguía siendo eminentemente amateur y las pocas horas que los rugbistas eran capaces de detraerle a su trabajo y familia las invertían en jugar y divertirse. Era un rugby duro, a veces violento, pero era un deporte en contra de la tortura del gym. Había pelo, patillas, granos, pelotas y cuantas imperfecciones alberga el cuerpo masculino. Nadie se depilaba la pechera ni el entrecejo, ya se sabe, el hombre como el oso, cuanto más feo más hermoso.


En el verde reinaban los tipos más elegantes que ha visto el noble juego. Francia repartía champagne con los Blanco, Sella y compañía. Los all blacks jugaban aún su legendario rugby al revés, donde los delanteros desplegaban una fantasía de cruces, fintas y dummies cual si fueran tres cuartos y, viceversa, los tres cuartos percutían, placaban y ruckeaban como el mejor paquete de gordos. En Australia reinaba el mejor ala que ha visto el globo: David Campo Campese, con su inolvidable paso del ganso. Aquel tipo nada elegante que bien podrías confundir con el propietario de un desgüace jugaba ese rugby de Juan Palomo. Él se lo comía, él se lo guisaba y él solito rompía la cintura y ponía a bailar a todo aquel que se cruzara por su carril. Campo era Campo, y nadie le pone puertas al campo. Y en el mundo de habla española tenías una Argentina matagigantes, con una cuadrilla de tipos indomables siempre pringados de barro y de sangre, a excepción del diez, Porta: el futbolista. Ese tipo que se equivocó de deporte. Porta pensaba y ejecutaba el rugby con el pie como si en vez de medio apertura hubiera nacido mediapunta. Ponía el balón donde quería y dropeaba desde su casa. Y en España brillaba un XV de leyenda, com los Malo, Chupao, Bosco, Javichín, Azkargorta, Blanco, Massoni… Era una época de medios de melé Napoleón: chiquititos y cabrones. Nadie alcanzará la chulería vasca de un Díaz Paternaín ni la elegancia parsimoniosa de un Coco Torres Morote: ole con ole.


Andaba yo por el tercer tiempo de Fuencarral Veteranos, hablando de estas cosas de viejunos, supurando odio eterno al rugby moderno y pidiéndole a Paco, un sevillano elegante, como tiene que ser, que estaba dentro de la barra repartiendo bebida, un whisky de batalla, apto para aliñar Coca Cola, que el rico rico rico que me estaban ofreciendo no lo quería probar hasta lograr un partido con al menos un ensayo por el ala y un placaje defensivo de los que salvan otro, mientras le decía a Paco que Coco se acercaba al oval como andaluz de paso lento, con la elegancia de un mayoral de bravo, con la misma pausa y temple con que se venencia el fino de Jerez y va y me dice: Coco es amigo mío. Coño, le digo: ¿Coincidiste con él? Dile de mi parte que tiene admiradores en La Mancha y, vaya con Dios. Paco resulta ser el 3 de aquel paquete, y es campeón de DH con aquel legendario Ciencias. Y conoce y es amigo de todos esos monstruos: Ontiveros, Cecilia, los Torres Morote, Bosco… Y rememoramos juntos aquel partido en Sevilla donde arroyaron al Gernika y conquistaron el título. Paco se muestra algo nostálgico cuando se ve en la pantalla sin canas, empujando melés con la fuerza de un toro, comenzando desde la primera línea el rugby más alegre que ha visto la piel de toro. Y yo estoy tan emocionado que necesito otro White Label, pero da la hora del último metro y esa Cenicienta del rugby que soy yo tiene que volver a casa, llena de ilusión por tener la posibilidad de compartir el melón con tales excelencias. Así es un tercer tiempo de Fuencarral. Oro puro. Rugby y amistad. Lo mejor de la vida.


En el Campo de Tres Olivos juega Paco, juega Valerio, juegan Nahuel, Cyrile, Rapha, Iniesta, Krispy, Machaca… Y entrena al equipo Fernando López, un santanderino que da las voces de mando con juramentos rioplatenses: ‘así no, pelotudos’. En Tres Olivos se juega un rugby que ya no volverá. Un rugby fácil y alegre de padres de familia que se divierten juntos, alejado de la tensión competitiva del rugby de jóvenes. Los de Fuenca juegan al paso porque nada tienen que demostrar. Y su coaching es impagable. Enseñan con paciencia, premian lo positivo, se ríen de lo negativo, y, para el tercer tiempo, nada de macarrones pasados de mierda: escalopines al cabrales, tortilla casera, quesos escogidos, buenos caldos. Y para el postre, agua de fuego. Que esto es el rugby, señores. Deporte de caballeros y de damas de piquito fino y formas educadas.


Me queda por decirles que Fuenca tiene la mejor sede que he visto: un bareto con ínfulas de pub irlandés repleto de recuerdos de rugby. Un museo. Y si quieren conocer el ambiente y donar a una buena causa (ITT Foundation, ayuda a colectivos desfavorecidos en España y Gambia), vengan a ver el torneo de veteranos que organizan el próximo día 24. Cada cerveza y cada tapita ayudan a conseguir un mundo mejor y mas humano. Lo dicho: viva el rugby viejuno.

Gente ovalada: Gigantes de La Mancha. Vente a jugar

A ver qué equipo presume de tres cuartos flamencos y toreros

Lectoras y lectores: aquí va la primera entrega sobre anónimos equipos de rugby repartidos por la Piel de Toro y parte del extranjero. En cada uno de ellos hay decenas de historias de gente ovalada y abollada, con costras en las rodillas y moratones en el vientre, toda ella variopinta en origen e idiosincrasia pero unida en torno a los cinco pilares del noble juego: solidaridad para sacar adelante los partidos y la vida (aquí no hay estrellitas del rock), disciplina para lograr un deporte limpio y una vida mejor, pasión para lograr con el corazón todo aquello que la cabeza demanda, respeto por el compañero, por el contrario y por el género humano e integridad, porque este es un deporte de mujeres y hombres hechos de una sola pieza, sin trampa ni cartón, sin media suela. Gente noble que va de cara. Gente valiente. Gente de rugby.


Pero me estoy yendo por la broza, diantres, que yo lo que quería hoy es comenzar la reseña de los mil entrañables equipos de dios que pueblan Españistán y habrá que comenzar por el más entrañable y querido, claro; el de la patria de uno, claro. El de mi comarca, claro. Así hacemos los gañanes genuinos: viva mi pueblo, copón. Y los de La Mancha somos patriotas de aldea. Ninguna patria merece una guerra, pero mi pueblo… no sé. Alcázar, París y Londres, y siempre por ese orden.


El Club de Rugby Gigantes de La Mancha nació de la iniciativa de unos Quijotes del rugby a mediados de la segunda década del tercer milenio. El nombre, cómo no, hace alusión a los molinos de viento, seña de identidad del paisaje comarcal, que Don Quijote confunde con gigantes para espanto del buen Sancho. ‘Tierra de Gigantes’ es también el lema turístico promovido por el Ayuntamiento de Campo de Criptana, el cual se imprime en pegatinas que identifican el coche de un criptanense de Bilbao a la Arganzuela y de Villaverde a Perth.


Y ahora mis compañeros y compañeras, que algunos que saben leer me estarán leyendo, se van a cagar en mis muertos cuando diga que a mi no me gusta el nombre, pero ajo y agua, que para eso pago la membresía. Lo siento, pero amén de paleto, yo soy un clásico, un pedante y un cosmopolilla de obediencia escocesa antigua y aceptada. Arroz pegao. 


Y digo que a mí me gusta la forma británica y sencilla, noble y elegante de ‘comunidad representada RFC’ o sea: Llanelli, Bristol University, London Welsh‌, Old Etonians, Bar La Cueva… Lo que sea RFC. Porque si le pones RFC, ya eres la hostia con mahonesa y con ketchup: Rugby Football Club. Porque este es un juego british lleno de tradiciones y de historia y los buenos aficionados saben que rugby es una forma breve de decir ‘fútbol según las reglas de la Escuela de Rugby’ y de recordar el debate, acaecido en la Free Masons Tavern de Londres a finales del siglo XIX para establecer el reglamento del fútbol entre la facción liderada por los delegados de Rugby, que defendían el uso de las manos y el placaje, y el resto de delegados de otras escuelas privadas inglesas, que preferían jugar solo con los pies, para que las nobles posaderas de sus mimados retoños no acabaran revolcadas en el barro como la panza del vulgo. Los partidarios del tackle se acabaron indignando y se marcharon, mientras que los partidarios del juego al piececito, suave suavesito, acabaron fundando la Football Asociation. De ahí que al fútbol se le llame ‘soccer’ (fútbol a la manera de la Asociación) y al rugby ‘rugger’ (fútbol al modo de Rugby). Rugger es el deporte y no el practicante, aviso a navegantes, y rugbier, en inglés simplemente no existe. Es un ultracultismo: una palabra que pretende ser noble y que acaba resultando una gañanada; segundo aviso: si queréis hacer referencia a un rugby player o jugador de rugby, decid rugbista que es como la RAE acepta, y así demostráis que aparte de inglés sabéis román paladino.


¡Recórcholis! Que toda esta chapa pedante era solo para decir que no me gustan los nombres al estilo ‘Lagartos de Villacarrillo’ o ‘Chirimoyos de Motril’. Antaño se hacía de la siguiente manera: se fundaba el Motril RFC y se encargaba bordar en las camisetas un chirimoyo, que quedaba así elevado a flor heráldica, o se creaba el Tomelloso RFC y se bordaba un conejo rampante sobre la pechera. Después, la afición y la épica popular acababan apodando al equipo por su flor o animal heráldico: los chirimoyos bravos, los conejos rampantes o, caso de la selección japonesa, los valientes capullos. En La Mancha nos pirran los motes, leñe, pero las madres manchegas les ponen a sus hijos nombre de santo, y no ‘Apreturas’, ‘Carajcombro’ ni ‘Pisacristos’. Ya se encarga la buena gente de hacer apodos y epítetos. Eso de ponerse nombres de animalitos lo dejo para la gente que se quedó cantando ‘Tigres, Leones’ en un concierto de Torrebruno, y los únicos cuentos de animales que aguanto son ‘Rebelión en la granja’ y la versión anime de Sherlock Holmes.


Pues eso: que yo hubiera preferido La Mancha RFC y un cardo borriquero por emblema, pero esto lo inventó gente de Campo de Criptana y ellos sabrán por qué, que para eso tienen cabeza. Nos quedamos con un balón y un molino por emblema y perdemos la ocasión de poner una buena alcachofa silvestre con todos sus pinchos, un melón piel de sapo, una flor de azafrán, una buena amapola o una mariquita como un demonio. O tempora, o mores.


Pero a lo que iba. Hay que agradecer a Criptana la iniciativa, a Argamasilla el coraje, a Alcázar la hospitalidad, y a Tomelloso más, el haber creado un equipo comarcal con un par de melones. Algo que une a La Mancha, siempre empeñada en la guerra cantonal que tanto nos gusta: Tomelloso versus Argamasilla, Alcázar versus Criptana y Criptana versus Arenales de San Gregorio. Aquí representamos a la comarca, todos unidos por nuestro melón querido, por nuestra almendra heráldica, por los valores de nuestro deporte. Comunidad, comarca, Bolsón.


Si alguien quiere entrenar, la hora de las caricias es 20 30 los martes y los jueves en el Campo de Atletismo de Alcázar de San Juan, que el Ayuntamiento nombra de forma anodina como Campo C y que yo propongo nombrar en honor a los que más saben del equipo: bien Álvaro Furillo, el Sabio del Mancha Centro, bien Carlos Benezet, el Sargento de Hierro, bien Víctor Blanco Flores, amado líder, último Rey de Portugal, señor de las bestias de la tierra y de los peces del mar. Gracias a la colaboración del Ayuntamiento, y que dure, por favor, tenemos campo de hierba natural que ni en División de Honor, oiga. Hay gente de toda laya, juventud alegre y combativa, veteranos de todas las guerras, masculino, femenino, seven y fluído. Somos rugby de pueblo. Orgullo de pueblo, y nuestros terceros tiempos son fama. Se hacen en La Taberna de Lyly, sita en Calle Júpiter,13600, Moñigolandia. La sede que nos acoge es regentada por gente de tierra de rugby, alcazareños de Rumanía, pues para quien lo ignore, en la tierra de Drácula se juega al rugby que es un primor. Producen pilieres robustos y talonas hermosos. Por algo los llaman los robles. La clientela habla lo mismo dariya o tamazigh que rumano, manchego, murciano, cubano y panocho. Lo mismo se pone a Modern Talking que a Pimpinela, y si coincide el equipo de rugby con la cuadrilla flamenca, hay jam session y repiqueteo con pick and go de cerveza y alitas de pollo. Somos orgullosamente diversos y blasonamos el respeto. Si estás en contra de los extranjeros, las mujeres o los homosexuales, te mandaremos amablemente a tomar por el culo pero deseando que te guste. Vente a entrenar, vente a ver partidos, vente a La Lyly y disfruta de esto que es más que un deporte. Es un modo de vivir, es orgullo y es respeto. Al rugby venimos a ser mejores personas, créeme. Un paleto no te va a engañar, criatura.



De cómo un paleto de La Mancha recibió su bautismo de rugby. ¿Clavículas para qué?

Mesetarians volviendo de un partido en tierras andaluzas. Jabalíes en reposo.

Yo, señores, soy de La Mancha, así que, como podrán imaginar, de rugby en la infancia no aprendí una mierda, a pesar de lo cual me fascinaba este deporte de burros jugado por gente inteligente: arquitectos, ingenieros, médicos, abogados, incluso algún policía. 

Mis primeros recuerdos de rugby son del ínclito Ramón Trecet, que está cerca de las estrellas, comentando con su fina ironía algún Francia Inglaterra o algún Arquitectura Santboiana. Me fascinaba este deporte de caballeros en paños menores, algo cenutrios y patrioteros, que no cobraban un duro por jugarse la osamenta por el honor y la gloria de un cardo, de una rosa, o, peor aún, de un capullo de flor de cerezo.

Corrían los ochenta en La Mancha, y suerte que el entrenador de la selección de baloncesto era oriundo de estas latitudes, porque si no, no se hubiera conocido deporte alguno que no fuera el fútbol, o si acaso el ciclismo, esfuerzos y afanes que eran considerados viriles y acordes con el espíritu patrio; con la furia y la raza. Todo lo demás eran cosas de pijos, afeminados, comunistas o todo ello a la vez. Jugar al rugby en La Mancha era tan quijotesco y desquiciado como hacerle la competencia a la Coca Cola desde una fábrica local de gaseosas y sifones, y eso que el temple y la idiosincrasia de la raza manchega, así como las características propias de las labores agrícolas en tierra de viñas y melones hacen de mis compatriotas un capital humano de un potencial considerable para el trato con el oval.

Piense el lector en la cosecha y trasiego de melones, los cuales han de pasar de mano en mano y de mano a espuerta sin caerse, so pena de pérdida de la posesión y bronca al canto, o en la dinámica vendimiatoria, donde cada uno avanza por su hilo, traspasando su zona solo para asistir a otro compañero, y haciendo avanzar el trabajo de modo que el corte va hacia adelante pero el capacho va hacia atrás siempre entre dos, al más puro estilo you'll never walk alone. Piense el lector también en la postura de recolección de la uva 'al escocote', la cual castiga el riñón de modo que el cuerpo permanece bajo pero las rodillas no se doblan hasta el punto de hincarse en tierra (lo cual se llama vendimiar rezando y está muy mal visto), y los brazos abrazan los sarmientos con la calidez y delicadeza con la cual se abarca el corpachón de una tía abuela pasada de magdalenas y no me digan ustedes que no es buen entrenamiento para la postura defensiva que apunta al placaje bajo, duro y ganador.

Yo, queridas lectoras y queridos lectores, pues, nunca pensé que pudiera aprender a jugar al rugby en La Mancha, y me limitaba a ver algún partido que la cortesía de algún buen amigo me deparaba, pues tampoco estoy suscrito a la plataforma que posee los derechos de grandes torneos, así que cuando supe que habían creado un equipo en mi pueblo por poco me explota la cabeza y corrí a comprarme unas calzonas sin bolsillos, una zamarra ajustada y unas botas inglesas de buenos tacos que conseguí a un precio muy barato por estar completamente pasadas de moda. 

Mas ignoré que mi tiempo había pasado y que tenía ya más años de cotización que Marcelino Camacho, más panza que un Robert Smith y mas rocanrol en el cuerpo que un Rosendo Mercado, y al primer ruck improvisado caí de tal modo y manera que por poco me parto la clavícula izquierda. Menos mal que teníamos entre los coequipiers a un médico rugbista, veterano de mil guerras, que me asistió verbalmente con la siguiente enseñanza: 'Mira: las clavículas son un resto evolutivo de cuando nuestros antepasados caminaban al estilo simio. Realmente no sirven para nada, así que sigue jugando, y si no, pues a urgencias. Bienvenido al rugby'. Aprendí de este modo la primera lección del rugby manchego; un rugbista no se queja y un manchego no se queja. Si acaso, por lo bajini, se caga en dios.

Queda, pues, relatado cómo llegó un humilde servidor a este noble deporte y quedan ustedes invitados a seguir las andanzas de un manchego errante que juega al rugby de veteranos. Me hace ilusión contarles cómo me adiestraron estos chicos fuertes, cuanto cariño me dieron y cuánta pupa me hicieron hasta que por motivos laborales cambié de comunidad autónoma y conocí los entrenamientos sin contacto, que no sabía que existían. Me apetece relatarles el adorable ambiente de los campos de tercera y de non league categories, sea en Madrid, en mi tierra o en el extranjero. Les voy a contar dónde hay bares del tercer tiempo y dónde pasar una tarde deliciosa mejorando el pase Zeppelin o practicando la zancadilla francesa. Bienvenidos al rugby viejuno: amateur, mileurista y cervecero. No hay deporte como este y no hay ambiente como el de un Gigantes de La Mancha - Arlequines de Miguelturra, y en cuanto a la gente, no se dejen engañar por la cara de malas pulgas que gastan a veces. Son unos angelitos y unas querubinas que no se meten con nadie. Eso sí: procure que no se les acaben ni la cerveza ni las alitas de pollo. Lo dicho: bienvenidos a un blog de deporte humilde. Orgullosamente humilde.

Este artículo va dedicado a Los Álvaros: Álvaro padre y Álvaro hijo. Dos generaciones de rugbistas duros en el campo y sabios en la calle, que saben de rugby lo que nadie sabe y que tienen el poder mutante de beber cerveza y a la vez pasar el control de alcoholemia. Lo nunca visto.



Arlequines comienza su temporada 2025-26 con una derrota por la mínima

  Todos en unión, locales y visitantes. Un deporte de amistad y de valores. El nuestro. Viva el rugby. Llegó septiembre y vuelve el rugby a ...