Queridas aficionadas y queridos aficionados al deporte apepinado: he de confesaros que, a pesar de los viajes, las lecturas y los estudios, a pesar de haber vivido en distintas ciudades y países y a pesar de tener una familia globalizada con gente de tres continentes, crecí siendo un chico de pueblo. De barrio de pueblo. De barrio obrero de pueblo industrial. De pequeña ciudad castellana y manchega, y ahora que ya voy para mayor, he acabado por hacer cosas de viejo de pueblo.
Respeto a los cosmopolitas, políglotas y excelentes. Leo y me ilustro con el ejemplo de los grandes, pero las personas que más he admirado en la vida son mis abuelos y abuelas, gentes sencillas apenas capaces de leer y escribir ‘despacico y buena letra’ como dice el decir. Españolitos anónimos de lentejas y habichuelas, cocido los sábados y croquetas para el domingo. Gente de la que madruga, que diría el Ínclito.
Y, pues, ustedes verán, al llegar el domingo los de pueblo nos levantamos dos horas antes que en la capital, porque vamos a horario solar; ni GMT +2 ni hostias.
Si ya pueden verse las uvas, ya se puede vendimiar. Los viejos de mi tierra nos hacemos el lavado del gato y nos vamos al bar, porque el bar es la anarquía y la utopía, tan querida a los varones iberos, de un mundo sin dios ni amo donde no manda patrón ni esposa ni suegra ni médico de cabecera y todo se tira al suelo. Se opina y se berrea, se porfía y se odia. Se conspira y se escupe por un colmillo. Se profieren dicterios contra el gobierno, se aboga por la vuelta de Paco, se cuelga de los pulgares al Coletas… Todo es paz y es armonía.
A las siete de la mañana ya está abierto el Restaurante La Mancha. Comida tradicional manchega desde los años 70. Tiene una situación privilegiada para los deportistas, cercana al polideportivo, en una avenida diseñada y planificada como hacemos aquí las cosas en la Carpetovetonia Ultramontana: de forma que quepan al mismo tiempo el séquito de la Reina Madre, el cuadro de baile de Taylor Swift y una tractorada. Vamos: que se pueden aparcar dos autobuses. Literalmente. Así que es costumbre que los equipos deportivos que visitan la ciudad aparquen justo en frente, dejando caer una riada de chavales y chavalas de colorido uniforme.
Los colegiales se agolpan frente a la barra pidiendo medios bocadillos, y se juntan con los ciclistas de la tercera edad, sanchopanzas de la bici, de piernas poderosas y vientre elefantiásico, con los jockeys de galgos, todos portadores de Barbour falso y pulserita de España, los baloncestistas, tan largos como un trinquete, los que crían palomas, émulos de Don Pantuflo Zapatilla.
El domingo en La Mancha parece la villa olímpica y es entonces cuando los viejos bacines nos hacemos la guía del ocio. ¿Hay maratón? Allá que vamos. ¿Tiro a pichón? ¿Por qué no? ¿Tiro al alcalde? ¡Pues venga! Siempre que sea gratis… Y mira: ahí están los del rugby.
Los del rugby no tienen autobús. No tienen chándal uniformado y se les conoce por cómo se abrazan. Vienen de todos los pueblos de esta tierra media y, como los hobbits, desayunan dos veces. Se echaron en casa alguna magdalenilla y ahora van por el Completo, el bocadillo de la casa que tiene de todo: grasa animal y vegetal saturada e insaturada, queso, tortilla, magreta, a saber.
Una avanzadilla de entre ellos se destaca hacia el campo para revisar las líneas y montar el kit de transformar porterías de fútbol en haches de rugby. La cosa no queda del todo bien y a estas alturas tres ingleses del Somerset ya se han tirado por la ventana, pero es lo que hay. Bastante contento esta el equipo con que el ayuntamiento ceda el campo. Y agradecidísimo al trabajador del Instituto Municipal de Deportes que ha puesto todo su amor en aprender a hacer la cincuenta, la diez y la veintidós.
Van llegando las novias, esposas, familiares y acompañantes, y también el equipo femenino, que hoy no juega pero siempre apoya. Los retoños montan corros en el campo y se pasan el oval.
Falta más de una hora para el partido pero los del rugby ya están ahí precalentando. Se juega como se entrena, dice el entrenador. Adelante, pues, un Farley. Dos muchachos de azabache, que corren como gacelas, se destacan sobre el grupo: son los alas. Los pilieres y los flankers no se dan tanto brío. Los más veteranos echan el bofe, se pide cardio, ‘¡Coño, más cardio!’, ‘menos burpees y más cardio’. Los forwards forman junto al in goal. Los backs se juntan con el entrenador de tres cuartos. Cada batallón con su alférez.
¿Y dónde están los visitantes? Pues mire usted, no han llegado. En la grada corren las pipas, la cerveza y el tintorro. Se piropea a los guapos se ningunea a los feos, se anima a los más torpes, castigados a flexiones por dejar caer el balón. ¡Vamos Jesu! ¡Ese Pepe! ¡Ánimo chicos! ¡Hoy sí que sí!
Llega el árbitro y pide un lineman por cada equipo. ‘Nosotros tenemos uno, pero es que el rival todavía no ha llegado’, respinde el capitán. Bueno, pues dadle el banderín al local y que vaya calentando.
Banderines no hay ni uno, pero alguien tiene en el coche un banderín de España de una vez que por ahí anduvo aplaudiendo alguna reina, o alguna infanta; ya no se acuerda. Es igual, banderita para el lineman. Y el público socarrón, manchego, iconoclasta, le pude que la levante y prorrumpe en vivas a España. ‘¡El orgullo del tercer mundo!’, dice un cachondo en la grada.
Y el rival, pues que no viene. Así. Como lo oyes. Que no van a venir. Que se jodió el partido.
Suenan juramentos en polaco y arameo. Los niños lloran. Las madres les suenan los mocos. Alguien dice que mejor cambiar de liga, que en esta pasa lo que pasa. El capitán manda callar y pide formar el círculo. Los 23 convocados se abrazan sobre la cincuenta. Habla el capitán. Todos escuchan: ‘Esto es lo que hay, chavales. Ya nos la han vuelto a hacer estos tíos, pero el tercer tiempo ya está apalabrado y no lo vamos a perdonar’.
NOTA FINAL: Agradezco al lector la paciencia y el temple de haber llegado hasta aquí, compartiendo la frustración que yo tengo por un partido que no se disputó. Este artículo va dedicado a ti, lectora, lector, probablemente rugbista, hombre o mujer curtido en el barro y en la cal, que conoces bien estas frustraciones e ingratitudes del rugby de verdad, el de tu pueblo o tu barrio. Y también va dedicado a Pepe Malatesta, que compró su billete de Renfe desde Albacete a Alcázar para venir a verme jugar un partido que nunca existió con un equipo de cuyo nombre no quiero acordarme.

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