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miércoles, 4 de junio de 2025

De los pilotos de antes, del fallo de Arconada y de la liga amateur de rugby. ¡Fuerza Mesetarians!

←Equipos de la LAR. 

Fuente: https://spainrugbyunion.es/

Este artículo va dedicado a esos aficionados y aficionadas, muchas veces deportistas amateur, que dan vida a los recintos deportivos de las ligas menores, que apoyan y esponsorizan a sus vecinos y amigos, que viajan a donde haga falta para apoyar a su sobrino atleta o a su primo piloto. 

Y en especial a Pepe Sánchez Huertas, primo y espónsor de mi padre en las carreras, fan del Gimnástico de Alcázar y de su sucesor, el Sporting, y que ayudó a montar la humilde infraestructura que permitió colocar un bonito Citroën AX negro,decorado nada menos que por el pintor Miguel Calatayud, el más chulo de la parrilla, en las fórmulas de promoción de Citroën para blasonar el orgullo moñigón y cabezón por Calafat, Jarama y Alcañiz. Fuerza, Pepe. Siempre en nuestro equipo. 

Queridas melonas, queridos melones: 

‘Soy español. ¿A qué quieres que te gane?’, decía una frase acuñada hace unos años cuando comenzábamos a tiranizar el deporte mundial. 

Ganábamos a casi todo. A rugby, por desgracia no, y aún no, aunque hay quien dice que España es un gigante dormido.

Me alegro, por supuesto, de la infancia y juventud que han disfrutado los millenials, los Y y los zeta, que han sido testigos de muchos éxitos deportivos, mas no siempre la realidad fue tan halagüeña.

Los que nacimos entre las olimpiadas de Montreal 76 y el Mundial 82, los que fuimos agraciados, es un decir, con una camiseta de Naranjito y con el traje de Arconada (sí, amigos, se decía traje; traje de portero, el Adidas bicolor de finales de los 70; el traje de portero por antonomasia) no hacíamos más que penar. Éramos un poco masoquistas, clementistas, hijos del Doctor Cabeza y sobrinos nietos de Maguregui, barraqueros, agonías, pupas, cagapenas. Casi parecíamos del Atleti.

Dicho sea sin perjuicio de éxitos estratosféricos obtenidos en aquellos años, como la inolvidable medalla de plata del baloncesto en Los Ángeles 84, o el tour de Francia de Perico.

¡Ay Perico! ¡Quién fuera mozo tan galán y simpático como Perico! ¡Quién bajara las cuestas a un tris de romperse la crisma como las bajaba Perico! ¡Quién recibiera el honor, como él mereció, de que un chef segoviano inventara en su honor ese plato testosterónico que son las criadillas de toro en salsa amarilla! ¡Grande de España Perico Delgado!!

Pero ya digo, los que crecimos en los ochenta teníamos que conformarnos con éxitos deportivos mucho más espaciados, y soportábamos bochornos y fracasos sin cuento. 

Verbigratia: el mundial del Naranjito. ¡Qué ridículo! ¡Qué metedura de pata! 

El Mundial 82 solo valió la pena porque después vino a España Mágico González. Lo demás, algún destello de Eder y Sócrates, la Francia de Giresse y Platini y ya. Sticky rice. 

Y no me discutan, señoras y señores. Si de verdad les gusta el fútbol convendrán que una victoria de Italia es siempre un fracaso del deporte. España 82. Arroz pegao.

En España, históricamente, los deportistas se dividían en dos clases: los hijos atléticos de las grandes sagas aristocráticas y empresariales y aquellos locos con sus viejos cacharros.

El himno de España podía llegar a sonar por obra y gracia de algún apuesto hijo o hija de familia de apellidos ya célebres en el siglo de oro y a veces de origen mixto (español inglés, por ejemplo), lo cual solía suceder en hípica o vela, por ejemplo, y por otra parte, por mérito de aquellos que con increíbles peripecias habían logrado escapar del destino anodino que les reservaba un origen humilde. 

Alfonso Cabeza de Vaca, Marqués de Portago, Fon de Portago, el mejor español en Fórmula 1 hasta la llegada de Fernando Alonso, o Miguel de la Quadra Salcedo, lanzador de jabalina antes que figura televisiva, son ejemplos de la primera categoría: la del gentleman sportman (*), mientras que el Águila de Toledo Federico Martín Bahamontes y el 12 + 1 Ángel Nieto son ejemplos de la segunda: superhéroes de barrio. 

El primero hizo piernas subiendo y bajando al relente y al solano las cuestas toledanas cargando cajas de fruta en la bici; el segundo terminaba su jornada de aprendiz de mecánico en Vallecas para subirse a una Ducson 74 cc y recorrer media España para llegar a una carrera, pasando tanto frío que se colocaba tras el escape de los camiones para calentarse un poco. Dos self made men de libro.

Pues eso que os decía: los ochenta fueron representativos de una época del deporte español mucho más parecida a la de Bahamontes, personaje sanguíneo capaz de dejar a todos sus rivales atrás en la montaña solo para hacer una pausa en la cima, ir a un kiosco y no dejar pasar la ocasión de comerse un heladete o a la de Nieto, pícaro, inteligente, chiquito, matón y cabrón simpático (**), que a la época actual de alto rendimiento, vigorexia, big data y muerte de éxito.

Los españoles que llegaban a la cima, lo hacían partiendo de menos uno, con equipamiento y ayudas que podrían calificarse sin ambages de tercermundistas. A la manera en que se titula un premiado libro, mataban dinosaurios con tirachinas.

Lo típico del deporte español por aquel entonces era la heroíca, la machada, el ‘con dos cojones’. Y que me perdonen los adalides de la corrección política por el uso de este lenguaje machirulo. Está justificado porque hablo de una época en que las cosas eran así, y se hacían ‘a puro huevo’, que diría un Pérez Reverte. Examinen las lectoras y lectores la final de Roland Garros que ganó una Arantxa Sánchez Vicario jovencísima contra una consagrada Stefi Graf y no me digan que no tiene cojones la niña. Más que yo. Como de aquí a Lima.

A los ofendiditos y ofendiditas, ahistóricos adanitas, quincemayitas y otros desmemoriados me permito recordarles que en estos tiempos de los que hablo, Marca tenía una columna de opinión que se llamaba ‘La Machada’, As tenía en su contraportada chicas ligeras de ropa, y cuando a Hugo Sánchez le hablaron del fichaje de Juan Esnáider, el mexicano manifestó su intención de conocer ‘al macho’ que fuera capaz de marcar 35 goles por temporada. Así de sementíferos eran los tiempos y en este contexto se sitúan estas hazañas ‘a puro huevo’. En fin: dada esta explicación solo me queda lamentar que uno, que se toma el trabajo de escribir y jugar al rugby, tenga que pedir perdón por escribir a quienes no leen ni escriben ni juegan siquiera al balompedo. Manda huevos, Federico.

Aclarado esto, diremos que además de éxitos increíbles, lo que con frecuencia nos tocaba soportar a los aficionados eran las cagadas épicas. Epic fails, se dice ahora.

Aquellas ocasiones en que partiendo de la nada se alcanzaban las más altas cotas de la miseria, que diría el más famoso de los Marx. La jiñada, la trompada y el ‘ir pa na’ eran el pan nuestro de cada día. 

¿Se acuerdan del gol de Cardeñosa? ¿Se acuerdan del penalty de Eloy? ¿Se acuerdan del llanto de Blanca Fernández Ochoa? ¿Se acuerdan del ‘Trata de arrancarlo, Carlos’? Yo siempre me acuerdo de Alfonso Arús y su personaje del gafe soltando su legendario y descomunal ‘¡Qué mala sueeeeeeeerteee!’.

Y junto a estos casos de gente talentosa que tuvo un mal día, están aquellos de quienes fueron maestros en su disciplina, dando tardes de gloria a la afición, marcando estilo, paseando clase, pero que no vieron premiada su pericia con las mieles de la victoria. Para ilustrar al lector, sirvan dos ejemplos de motociclismo. 

Ahí tenemos al Tiriti. Carlos Cardús, que perdió el mundial de 250 por poco menos que nada contra el pecoso y mocoso de John Kocinski. 

Pobre Tiriti. Y pobre de mi padre Toni, piloto de motos y coches, siempre con el traje manchado de grasa, como era común entre los aficionados al motor en aquellos tiempos, y pobre de su mecánico y manager, Antonio Cabero, el Doctor de la Moto, y pobre del niño que era yo, que aquella madrugada nos habíamos levantado a la hora de las gallinas solo para ver cómo Carlos rompía la moto y todo se iba a hacer leches. 

Menos mal que para compensar la llantina, tiempo después, mi padre me subió en la BMW del primo Pepe y me llevó a la Torrecica a ver las superbikes y a mi ídolo Joan Garriga. Joder Joan. ¡Pobre de Joan! (***)

Boeing 747 Joan Garriga(****) era un poema sobre la moto. Era la épica, el valor y la gallardía, el arte de la tumbada y la frenada, el nervio y el infarto de la afición, la cual rugía cuando contemplaba la forma agónica de correr, a todo o nada, que tenía este catalán volador. 

Garriga, con peor moto, perdió el mundial frente a Sito. El plomo de Sito: frío, calculador y resultadista.

Sito tendrá dos campeonatos de 250, pero nadie recuerda su pilotaje, y, cuando pasó a 500, no hizo nada. Nada de nada porque una dos tiempos salvaje de aquellas, imprevisible, le quedaba diez tallas grande a alguien incapaz de improvisar, con más miedo que vergüenza. 

Joan, en cambio, pasó unos años peleando con las vacas sagradas de la categoría reina y sus éxitos con la moto gorda le dan mil vueltas a los de Sito, cuando celebrar un cuarto en 500 era como poner una pica en Flandes o un manchego en el Annapurna. Descanse en paz, comecocos, juguete roto, inolvidable Joan.

Pero para cagada épica, mundo injusto, destino cruel y país de catetos que ven la paja en ojo ajeno, lo del fallo de Arconada.

Verán: yo era fan de Arconada y no podía soportar que pusieran a Zubizarreta. Arconada era un portero como no habrá. Tan espectacular como certero. Con un tren inferior digno del de un ciclista de élite, con reflejos felinos y una colocación superlativa. Las paraba todas. Todas menos esa.

Arconada solito y solo Arconada llevó a la selección española a esa final de la Eurocopa del 84, donde había equipos talentosísimos como la Alemania de Rumenigge, la Dinamarca de Elkjaer y Olsen o la Francia de Platini, Tigana, Giresse, Fernandez, Amoros… 

Nuestro equipo era una patata mecánica que solo tenía a su favor la flor en el culo de Miguel Muñoz, que solo Arconada regaba. Y qué vida ésta: cagarla y quedar marcado. Nadar y morir en la orilla. Jesús, María y José.

Todo el mundo habla del fallo de Arconada, y casi nadie habla de que había diez más en el campo que no supieron hacer gran cosa. 

¿Acaso Arconada era malo y en cambio Gordillo, Carrasco, Sarabia y Señor unos cracks?

¿Aguantó acaso Goicoechea la mitad de escarnio por hacer el mal de lo que tuvo que aguantar Arconada por no hacerlo todo bien? 

¿Y su sucesor, Zubizarreta? Portero sobrio de estilo inglés decían. Y tanto. 

Como que no recuerdo verle parar un penalty. Ni se tiraba ni se estiraba ni hacía jamás la heroica.

Parafraseando al viejo Di Stefano y recordando su proverbial mala gaita con los porteros, podríamos decir que su único mérito consistía en no meter para dentro las que ya iban fuera. 

En cuanto a las que iban dentro, Zubizarreta era el perfecto portero de futbolín, cuyo arte consiste en dividir el espacio de la portería en unos seis módulos equivalentes a la anchura del muñequito, de modo que, básicamente cualquier disparo tenía 5 posibilidades de ir dentro por una de ser blocado. 

Si a este 1/6 de efectividad potencial añadimos la colocación, el factor de predicción de la trayectoria dependiende de la observación del movimiento de la pelota, podemos aumentar la ratio a un 3/6, siempre que la pelota viniera por vías pacíficas y constitucionales. 

Si el esférico se endiablaba por arte de la rosca, la folha seca, la cola de caballo, la rabona o el dribbling, Zubizarreta levantaba las manoplas hacia la pelota y hacía una especie de caidita lateral, como diciendo ‘que yo sabía a dónde iba, ¿eh?’

Parar, no paraba una, pero las veía venir. Estilo inglés,sí. Los cojones. 

Hasta Julio Iglesias las habría parado mejor, y lo saben, si no fuera porque siempre le pillaba... Ya saben.

Tengo curiosidad por buscar apoyo de datos para demostrar esta teoría que me acabo de inventar mientras pido que me sujeten el cubata, pero ya saben: no tengo pruebas, pero tampoco dudas. Un español con un cubata en la mano tiene razón y punto. 

Lo siento por Zubizarreta. Le ha tocado aguantarme por desterrar de la portería de la Furia Roja a mi ídolo Arconada. Los más jóvenes, que no le han visto jugar, que tiren de Youtube y comparen las formas cancerbéricas de uno y de otro. O que baje San Pedro y lo vea. 

Creo que el Tiriti Cardús acabó más veces revolcado por la hierba que Zubizarreta, porque al Tiriti también le llamaban 'el bayeta', por esa costumbre de irse al suelo y frenar con la oreja. Pobre Cardús, pero basta ya de cháchara cubalúbrica.

Yo, señoras y señores, ya me conocen, yo, tunante, yo, pecador, happy loser, fracasado proyecto de porterito del Gimnástico de Alcázar, yo, que no pude triunfar en el circo, les digo que sigo acudiendo los domingos a esos campos cutres de preferente, donde las gradas no tienen número, donde los líneas soportan cuñadeces y se ve jugar a un sobrino mientras se bebe de la bota de vino de Cinco Casas y se comen pipas hasta la muerte. 

No me encierren en la localidad numerada de un campo de primera, donde no puedes moverte, ni fumar ni hacer el oso sin molestar al vecino. Bastante tengo con el metro en hora punta. Soy un burro del campo. Mátenme a palos pero no me encierren. 

Adoro las gestas humildes, los ascensos a tercera, ver cómo el Cádiz se salva, los goles de Sergio Camello, las gambetas de Onésimo, los tries de Corletto, las zancadillas francesas, los alas pequeñitos que ensayan por el cerrado.

Lloro con una de Rosendo y hasta una vez voté al Partido Andalucista.

Y miren: resulta que más allá de cualquier jurisdicción, en el borde exterior de la galaxia, en un lugar indeterminado entre el centro y el sur, en lugares como Moguer, Zafra, Gines, San Roque, Miguelturra o Alcázar de San Juan se ha celebrado un año más la Liga Amateur de Rugby organizada por Spain Rugby Union. 

Una liga de los pueblos, que diría Bernabéu. ¿Y por qué se celebran estas ligas ácratas?

Está claro que la federación española no está acertando en las adecuadas fórmulas de organización y apoyo al rugby más humilde; al rugby de verdad y de siempre: el del herrero contra el frutero y el carnicero contra el pescadero. El de la aldea de Astérix. Así que estos caballeros y damas del oval, estos quijotes del ideal se autoorganizan, se buscan la infraestructura proporcionada a sus magras necesidades y celebran con alegría la fiesta de jugar al rugby sin permiso. 

Y en esta liga de frontera, viajando en coches compartidos y durmiendo en alojamientos asequibles, cubriendo distancias dignas de la gira veraniega de una orquesta pachanguera, un equipo manchego se ha hecho de bronce. Terceros. Podium. Ahí es na.

Mesetarians es el nombre elegido para presentarse en liga por los equipos hermanados Arlequines de Miguelturra y Gigantes de La Mancha. Ambos equipos reúnen en cada entrenamiento conjunto jugadores de un área de cien kilómetros.

Piénsenlo bien: uno de un pueblito acá y otros tres de otro acullá esos montes. De las comarcas manchegas del Campo de Calatrava y Campos de San Juan y de Santiago. Se juntan en un coche compartido y hacen carretera para entrenar, y al terminar, en vez de cerveza y whisky, otra vez a la carretera. A esquivar hombrecitos verdes.

Manteniendo viva la llama del rugby allí donde no saben si un ensayo es marcar puntos o es un hacer como que se marcan.

Y esto es rugby, amigos. Esto es pasión y solidaridad, disciplina, respeto e integridad. 

Esto es amor al deporte y a la comunidad. Como diría Ramón Trecet: señoras y señores, pongámonos en pie para aplaudir a los jabalíes de la Meseta Sur.

Disfrutemos de las salidas de ocho de Johnny el Jabato, desde Argamasilla de Alba para el mundo; de los placajes ganadores del Orgullo de Campo de Criptana, José Carlos Checar, a decir de algunos árbitros, duros pero legales; de la fuerza guerrera de delanteros bregados de los aledaños de La Capitalilla como Chendo y Javi Rural; de la polivalencia y la inteligencia en el juego de Álvaro Junior, desde Alcázar de San Juan; del tráfico de melones que dirige con mano de hierro un medio de melé implacable como Juande, desde el Corazón de La Mancha; de la jerarquía y clase del Amado Líder, el diez, D10S padre Víctor Blanco; del rugby hecho samba del centro de España, desde el Campo de Calatrava, el grandísimo Teo; de la senatorial gracia y la sabiduría rugbística de un incombustible como Álvaro Furillo Sr. y del vuelo majestuoso de unos alas de Ébano, con toda la elegancia y la clase de unos príncipes de Mauritania, Bakary y Omar, siempre con las espaldas cubiertas por ese chef y zaguero que es el Mochu, la última esperanza de Argamasilla.

Hoy sois de bronce y mañana seréis de oro. Olé muchachos por vuestro esfuerzo. Os lo habéis currado. Viva La Mancha hasta cuando pierde. Orgullo. Orgullo de pueblo. Vivan los Mesetarians.

(*) Y ambos olímpicos en bobsleigh. ¿Quién lo diría? :)

(**) Aquel que trajo al motociclismo una frase taurina que me acompañará siempre en la vida: parar, templar y mandar.

(***) Sí, queridos. La libertad con que crecimos en la España de los ochenta y principios de los noventa era tal que un padre podía subir de paquete a su chaval de 12 años, con su casquito bien anclado y llevarlo a ver un GP de motociclismo. Y la Guardia Civil te daba las buenas tardes y una palmadita en el casco. 

También era muy común ver a padres y madres con sus chicos y chicas en polígonos y descampados enseñándoles a conducir cualquier cosa. Desde Vespinos a tractores.

Mi viejo, que no se andaba con chiquitas, me llevaba al recinto semiabandonado del parque vial de una autoescuela a las afueras de Campo de Criptana y me enseñaba a montar una Montesa Cota de trial diez veces más grande que yo. Una vez en marcha, no podía pararme hasta llegar a donde me esperaba él, y la parada tenía que ser bien efectuada, con la maniobra de desembragado, frenada y paso a punto muerto perfectamente calibrada porque ¡No llegaba al suelo, coño! Reconozco que éramos un poco ceporros e inconscientes, pero miren qué bello es eso de ‘vuela, pajarito, vuela’ o lo clavas o te la pegas. Eso es instruir deleitando, no me digan que no :-)

(****) En casa de los Román Sánchez, éramos garriguistas todos. A Sito lo respetábamos, pero íbamos con Joan a muerte por su bravura. Y el que más, yo, que con mi rostro ojeroso, mi delgadez y mis ricitos era un miniyó de Joan. ¿Que vaya tela eso de tener por ídolo infantil a un usuario de farlopiña? A ver… Uno: ¿yo qué iba a saber? Dos: de eso se habló más tarde, ventajistas. Tres: los ochenta, amigos, años locos. Cuatro: pocos tours de Francia hubieráis celebrado, sabihondos, si no fuera por la drogaína. No os metáis con Garriga.



martes, 13 de mayo de 2025

Gente ovalada: Fuencarral Rugby, el penúltimo vuelo del Fénix.

A finales de los ochenta y principios de los noventa, los equipos de rugby seguían siendo como los Village People: un policía, un obrero, un indio, un vaquero, un motero… Los cuerpos eran cuerpos de gente trabajadora. Los había grandes y gordos, por supuesto, y pequeños, y flacuchos… de toda laya y pelaje. Lo de machacarse en el gimnasio no era la tónica dominante. El rugby seguía siendo eminentemente amateur y las pocas horas que los rugbistas eran capaces de detraerle a su trabajo y familia las invertían en jugar y divertirse. Era un rugby duro, a veces violento, pero era un deporte en contra de la tortura del gym. Había pelo, patillas, granos, pelotas y cuantas imperfecciones alberga el cuerpo masculino. Nadie se depilaba la pechera ni el entrecejo, ya se sabe, el hombre como el oso, cuanto más feo más hermoso.


En el verde reinaban los tipos más elegantes que ha visto el noble juego. Francia repartía champagne con los Blanco, Sella y compañía. Los all blacks jugaban aún su legendario rugby al revés, donde los delanteros desplegaban una fantasía de cruces, fintas y dummies cual si fueran tres cuartos y, viceversa, los tres cuartos percutían, placaban y ruckeaban como el mejor paquete de gordos. En Australia reinaba el mejor ala que ha visto el globo: David Campo Campese, con su inolvidable paso del ganso. Aquel tipo nada elegante que bien podrías confundir con el propietario de un desgüace jugaba ese rugby de Juan Palomo. Él se lo comía, él se lo guisaba y él solito rompía la cintura y ponía a bailar a todo aquel que se cruzara por su carril. Campo era Campo, y nadie le pone puertas al campo. Y en el mundo de habla española tenías una Argentina matagigantes, con una cuadrilla de tipos indomables siempre pringados de barro y de sangre, a excepción del diez, Porta: el futbolista. Ese tipo que se equivocó de deporte. Porta pensaba y ejecutaba el rugby con el pie como si en vez de medio apertura hubiera nacido mediapunta. Ponía el balón donde quería y dropeaba desde su casa. Y en España brillaba un XV de leyenda, com los Malo, Chupao, Bosco, Javichín, Azkargorta, Blanco, Massoni… Era una época de medios de melé Napoleón: chiquititos y cabrones. Nadie alcanzará la chulería vasca de un Díaz Paternaín ni la elegancia parsimoniosa de un Coco Torres Morote: ole con ole.


Andaba yo por el tercer tiempo de Fuencarral Veteranos, hablando de estas cosas de viejunos, supurando odio eterno al rugby moderno y pidiéndole a Paco, un sevillano elegante, como tiene que ser, que estaba dentro de la barra repartiendo bebida, un whisky de batalla, apto para aliñar Coca Cola, que el rico rico rico que me estaban ofreciendo no lo quería probar hasta lograr un partido con al menos un ensayo por el ala y un placaje defensivo de los que salvan otro, mientras le decía a Paco que Coco se acercaba al oval como andaluz de paso lento, con la elegancia de un mayoral de bravo, con la misma pausa y temple con que se venencia el fino de Jerez y va y me dice: Coco es amigo mío. Coño, le digo: ¿Coincidiste con él? Dile de mi parte que tiene admiradores en La Mancha y, vaya con Dios. Paco resulta ser el 3 de aquel paquete, y es campeón de DH con aquel legendario Ciencias. Y conoce y es amigo de todos esos monstruos: Ontiveros, Cecilia, los Torres Morote, Bosco… Y rememoramos juntos aquel partido en Sevilla donde arroyaron al Gernika y conquistaron el título. Paco se muestra algo nostálgico cuando se ve en la pantalla sin canas, empujando melés con la fuerza de un toro, comenzando desde la primera línea el rugby más alegre que ha visto la piel de toro. Y yo estoy tan emocionado que necesito otro White Label, pero da la hora del último metro y esa Cenicienta del rugby que soy yo tiene que volver a casa, llena de ilusión por tener la posibilidad de compartir el melón con tales excelencias. Así es un tercer tiempo de Fuencarral. Oro puro. Rugby y amistad. Lo mejor de la vida.


En el Campo de Tres Olivos juega Paco, juega Valerio, juegan Nahuel, Cyrile, Rapha, Iniesta, Krispy, Machaca… Y entrena al equipo Fernando López, un santanderino que da las voces de mando con juramentos rioplatenses: ‘así no, pelotudos’. En Tres Olivos se juega un rugby que ya no volverá. Un rugby fácil y alegre de padres de familia que se divierten juntos, alejado de la tensión competitiva del rugby de jóvenes. Los de Fuenca juegan al paso porque nada tienen que demostrar. Y su coaching es impagable. Enseñan con paciencia, premian lo positivo, se ríen de lo negativo, y, para el tercer tiempo, nada de macarrones pasados de mierda: escalopines al cabrales, tortilla casera, quesos escogidos, buenos caldos. Y para el postre, agua de fuego. Que esto es el rugby, señores. Deporte de caballeros y de damas de piquito fino y formas educadas.


Me queda por decirles que Fuenca tiene la mejor sede que he visto: un bareto con ínfulas de pub irlandés repleto de recuerdos de rugby. Un museo. Y si quieren conocer el ambiente y donar a una buena causa (ITT Foundation, ayuda a colectivos desfavorecidos en España y Gambia), vengan a ver el torneo de veteranos que organizan el próximo día 24. Cada cerveza y cada tapita ayudan a conseguir un mundo mejor y mas humano. Lo dicho: viva el rugby viejuno.

Gente ovalada: Gigantes de La Mancha. Vente a jugar

A ver qué equipo presume de tres cuartos flamencos y toreros

Lectoras y lectores: aquí va la primera entrega sobre anónimos equipos de rugby repartidos por la Piel de Toro y parte del extranjero. En cada uno de ellos hay decenas de historias de gente ovalada y abollada, con costras en las rodillas y moratones en el vientre, toda ella variopinta en origen e idiosincrasia pero unida en torno a los cinco pilares del noble juego: solidaridad para sacar adelante los partidos y la vida (aquí no hay estrellitas del rock), disciplina para lograr un deporte limpio y una vida mejor, pasión para lograr con el corazón todo aquello que la cabeza demanda, respeto por el compañero, por el contrario y por el género humano e integridad, porque este es un deporte de mujeres y hombres hechos de una sola pieza, sin trampa ni cartón, sin media suela. Gente noble que va de cara. Gente valiente. Gente de rugby.


Pero me estoy yendo por la broza, diantres, que yo lo que quería hoy es comenzar la reseña de los mil entrañables equipos de dios que pueblan Españistán y habrá que comenzar por el más entrañable y querido, claro; el de la patria de uno, claro. El de mi comarca, claro. Así hacemos los gañanes genuinos: viva mi pueblo, copón. Y los de La Mancha somos patriotas de aldea. Ninguna patria merece una guerra, pero mi pueblo… no sé. Alcázar, París y Londres, y siempre por ese orden.


El Club de Rugby Gigantes de La Mancha nació de la iniciativa de unos Quijotes del rugby a mediados de la segunda década del tercer milenio. El nombre, cómo no, hace alusión a los molinos de viento, seña de identidad del paisaje comarcal, que Don Quijote confunde con gigantes para espanto del buen Sancho. ‘Tierra de Gigantes’ es también el lema turístico promovido por el Ayuntamiento de Campo de Criptana, el cual se imprime en pegatinas que identifican el coche de un criptanense de Bilbao a la Arganzuela y de Villaverde a Perth.


Y ahora mis compañeros y compañeras, que algunos que saben leer me estarán leyendo, se van a cagar en mis muertos cuando diga que a mi no me gusta el nombre, pero ajo y agua, que para eso pago la membresía. Lo siento, pero amén de paleto, yo soy un clásico, un pedante y un cosmopolilla de obediencia escocesa antigua y aceptada. Arroz pegao. 


Y digo que a mí me gusta la forma británica y sencilla, noble y elegante de ‘comunidad representada RFC’ o sea: Llanelli, Bristol University, London Welsh‌, Old Etonians, Bar La Cueva… Lo que sea RFC. Porque si le pones RFC, ya eres la hostia con mahonesa y con ketchup: Rugby Football Club. Porque este es un juego british lleno de tradiciones y de historia y los buenos aficionados saben que rugby es una forma breve de decir ‘fútbol según las reglas de la Escuela de Rugby’ y de recordar el debate, acaecido en la Free Masons Tavern de Londres a finales del siglo XIX para establecer el reglamento del fútbol entre la facción liderada por los delegados de Rugby, que defendían el uso de las manos y el placaje, y el resto de delegados de otras escuelas privadas inglesas, que preferían jugar solo con los pies, para que las nobles posaderas de sus mimados retoños no acabaran revolcadas en el barro como la panza del vulgo. Los partidarios del tackle se acabaron indignando y se marcharon, mientras que los partidarios del juego al piececito, suave suavesito, acabaron fundando la Football Asociation. De ahí que al fútbol se le llame ‘soccer’ (fútbol a la manera de la Asociación) y al rugby ‘rugger’ (fútbol al modo de Rugby). Rugger es el deporte y no el practicante, aviso a navegantes, y rugbier, en inglés simplemente no existe. Es un ultracultismo: una palabra que pretende ser noble y que acaba resultando una gañanada; segundo aviso: si queréis hacer referencia a un rugby player o jugador de rugby, decid rugbista que es como la RAE acepta, y así demostráis que aparte de inglés sabéis román paladino.


¡Recórcholis! Que toda esta chapa pedante era solo para decir que no me gustan los nombres al estilo ‘Lagartos de Villacarrillo’ o ‘Chirimoyos de Motril’. Antaño se hacía de la siguiente manera: se fundaba el Motril RFC y se encargaba bordar en las camisetas un chirimoyo, que quedaba así elevado a flor heráldica, o se creaba el Tomelloso RFC y se bordaba un conejo rampante sobre la pechera. Después, la afición y la épica popular acababan apodando al equipo por su flor o animal heráldico: los chirimoyos bravos, los conejos rampantes o, caso de la selección japonesa, los valientes capullos. En La Mancha nos pirran los motes, leñe, pero las madres manchegas les ponen a sus hijos nombre de santo, y no ‘Apreturas’, ‘Carajcombro’ ni ‘Pisacristos’. Ya se encarga la buena gente de hacer apodos y epítetos. Eso de ponerse nombres de animalitos lo dejo para la gente que se quedó cantando ‘Tigres, Leones’ en un concierto de Torrebruno, y los únicos cuentos de animales que aguanto son ‘Rebelión en la granja’ y la versión anime de Sherlock Holmes.


Pues eso: que yo hubiera preferido La Mancha RFC y un cardo borriquero por emblema, pero esto lo inventó gente de Campo de Criptana y ellos sabrán por qué, que para eso tienen cabeza. Nos quedamos con un balón y un molino por emblema y perdemos la ocasión de poner una buena alcachofa silvestre con todos sus pinchos, un melón piel de sapo, una flor de azafrán, una buena amapola o una mariquita como un demonio. O tempora, o mores.


Pero a lo que iba. Hay que agradecer a Criptana la iniciativa, a Argamasilla el coraje, a Alcázar la hospitalidad, y a Tomelloso más, el haber creado un equipo comarcal con un par de melones. Algo que une a La Mancha, siempre empeñada en la guerra cantonal que tanto nos gusta: Tomelloso versus Argamasilla, Alcázar versus Criptana y Criptana versus Arenales de San Gregorio. Aquí representamos a la comarca, todos unidos por nuestro melón querido, por nuestra almendra heráldica, por los valores de nuestro deporte. Comunidad, comarca, Bolsón.


Si alguien quiere entrenar, la hora de las caricias es 20 30 los martes y los jueves en el Campo de Atletismo de Alcázar de San Juan, que el Ayuntamiento nombra de forma anodina como Campo C y que yo propongo nombrar en honor a los que más saben del equipo: bien Álvaro Furillo, el Sabio del Mancha Centro, bien Carlos Benezet, el Sargento de Hierro, bien Víctor Blanco Flores, amado líder, último Rey de Portugal, señor de las bestias de la tierra y de los peces del mar. Gracias a la colaboración del Ayuntamiento, y que dure, por favor, tenemos campo de hierba natural que ni en División de Honor, oiga. Hay gente de toda laya, juventud alegre y combativa, veteranos de todas las guerras, masculino, femenino, seven y fluído. Somos rugby de pueblo. Orgullo de pueblo, y nuestros terceros tiempos son fama. Se hacen en La Taberna de Lyly, sita en Calle Júpiter,13600, Moñigolandia. La sede que nos acoge es regentada por gente de tierra de rugby, alcazareños de Rumanía, pues para quien lo ignore, en la tierra de Drácula se juega al rugby que es un primor. Producen pilieres robustos y talonas hermosos. Por algo los llaman los robles. La clientela habla lo mismo dariya o tamazigh que rumano, manchego, murciano, cubano y panocho. Lo mismo se pone a Modern Talking que a Pimpinela, y si coincide el equipo de rugby con la cuadrilla flamenca, hay jam session y repiqueteo con pick and go de cerveza y alitas de pollo. Somos orgullosamente diversos y blasonamos el respeto. Si estás en contra de los extranjeros, las mujeres o los homosexuales, te mandaremos amablemente a tomar por el culo pero deseando que te guste. Vente a entrenar, vente a ver partidos, vente a La Lyly y disfruta de esto que es más que un deporte. Es un modo de vivir, es orgullo y es respeto. Al rugby venimos a ser mejores personas, créeme. Un paleto no te va a engañar, criatura.



De cómo un paleto de La Mancha recibió su bautismo de rugby. ¿Clavículas para qué?

Mesetarians volviendo de un partido en tierras andaluzas. Jabalíes en reposo.

Yo, señores, soy de La Mancha, así que, como podrán imaginar, de rugby en la infancia no aprendí una mierda, a pesar de lo cual me fascinaba este deporte de burros jugado por gente inteligente: arquitectos, ingenieros, médicos, abogados, incluso algún policía. 

Mis primeros recuerdos de rugby son del ínclito Ramón Trecet, que está cerca de las estrellas, comentando con su fina ironía algún Francia Inglaterra o algún Arquitectura Santboiana. Me fascinaba este deporte de caballeros en paños menores, algo cenutrios y patrioteros, que no cobraban un duro por jugarse la osamenta por el honor y la gloria de un cardo, de una rosa, o, peor aún, de un capullo de flor de cerezo.

Corrían los ochenta en La Mancha, y suerte que el entrenador de la selección de baloncesto era oriundo de estas latitudes, porque si no, no se hubiera conocido deporte alguno que no fuera el fútbol, o si acaso el ciclismo, esfuerzos y afanes que eran considerados viriles y acordes con el espíritu patrio; con la furia y la raza. Todo lo demás eran cosas de pijos, afeminados, comunistas o todo ello a la vez. Jugar al rugby en La Mancha era tan quijotesco y desquiciado como hacerle la competencia a la Coca Cola desde una fábrica local de gaseosas y sifones, y eso que el temple y la idiosincrasia de la raza manchega, así como las características propias de las labores agrícolas en tierra de viñas y melones hacen de mis compatriotas un capital humano de un potencial considerable para el trato con el oval.

Piense el lector en la cosecha y trasiego de melones, los cuales han de pasar de mano en mano y de mano a espuerta sin caerse, so pena de pérdida de la posesión y bronca al canto, o en la dinámica vendimiatoria, donde cada uno avanza por su hilo, traspasando su zona solo para asistir a otro compañero, y haciendo avanzar el trabajo de modo que el corte va hacia adelante pero el capacho va hacia atrás siempre entre dos, al más puro estilo you'll never walk alone. Piense el lector también en la postura de recolección de la uva 'al escocote', la cual castiga el riñón de modo que el cuerpo permanece bajo pero las rodillas no se doblan hasta el punto de hincarse en tierra (lo cual se llama vendimiar rezando y está muy mal visto), y los brazos abrazan los sarmientos con la calidez y delicadeza con la cual se abarca el corpachón de una tía abuela pasada de magdalenas y no me digan ustedes que no es buen entrenamiento para la postura defensiva que apunta al placaje bajo, duro y ganador.

Yo, queridas lectoras y queridos lectores, pues, nunca pensé que pudiera aprender a jugar al rugby en La Mancha, y me limitaba a ver algún partido que la cortesía de algún buen amigo me deparaba, pues tampoco estoy suscrito a la plataforma que posee los derechos de grandes torneos, así que cuando supe que habían creado un equipo en mi pueblo por poco me explota la cabeza y corrí a comprarme unas calzonas sin bolsillos, una zamarra ajustada y unas botas inglesas de buenos tacos que conseguí a un precio muy barato por estar completamente pasadas de moda. 

Mas ignoré que mi tiempo había pasado y que tenía ya más años de cotización que Marcelino Camacho, más panza que un Robert Smith y mas rocanrol en el cuerpo que un Rosendo Mercado, y al primer ruck improvisado caí de tal modo y manera que por poco me parto la clavícula izquierda. Menos mal que teníamos entre los coequipiers a un médico rugbista, veterano de mil guerras, que me asistió verbalmente con la siguiente enseñanza: 'Mira: las clavículas son un resto evolutivo de cuando nuestros antepasados caminaban al estilo simio. Realmente no sirven para nada, así que sigue jugando, y si no, pues a urgencias. Bienvenido al rugby'. Aprendí de este modo la primera lección del rugby manchego; un rugbista no se queja y un manchego no se queja. Si acaso, por lo bajini, se caga en dios.

Queda, pues, relatado cómo llegó un humilde servidor a este noble deporte y quedan ustedes invitados a seguir las andanzas de un manchego errante que juega al rugby de veteranos. Me hace ilusión contarles cómo me adiestraron estos chicos fuertes, cuanto cariño me dieron y cuánta pupa me hicieron hasta que por motivos laborales cambié de comunidad autónoma y conocí los entrenamientos sin contacto, que no sabía que existían. Me apetece relatarles el adorable ambiente de los campos de tercera y de non league categories, sea en Madrid, en mi tierra o en el extranjero. Les voy a contar dónde hay bares del tercer tiempo y dónde pasar una tarde deliciosa mejorando el pase Zeppelin o practicando la zancadilla francesa. Bienvenidos al rugby viejuno: amateur, mileurista y cervecero. No hay deporte como este y no hay ambiente como el de un Gigantes de La Mancha - Arlequines de Miguelturra, y en cuanto a la gente, no se dejen engañar por la cara de malas pulgas que gastan a veces. Son unos angelitos y unas querubinas que no se meten con nadie. Eso sí: procure que no se les acaben ni la cerveza ni las alitas de pollo. Lo dicho: bienvenidos a un blog de deporte humilde. Orgullosamente humilde.

Este artículo va dedicado a Los Álvaros: Álvaro padre y Álvaro hijo. Dos generaciones de rugbistas duros en el campo y sabios en la calle, que saben de rugby lo que nadie sabe y que tienen el poder mutante de beber cerveza y a la vez pasar el control de alcoholemia. Lo nunca visto.



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